El zar Alejandro II concluía su tradicional paseo por el Jardín de Verano de San Petersburgo, a cuya salida solía reunirse una multitud de personas sencillas para verlo pasar. Ninguno de los allí presentes imaginaba que aquel día todo sería diferente. El emperador se dirigía hacia su carruaje, cuando, de repente, el ruido de un disparo desgarró el aire. Había sido una tentativa de asesinato. El primero de seis intentos infructuosos que culminarían quince años después, en 1881 con el magnicidio del zar que liberó a los campesinos de la servidumbre y que, en muchos sentidos, dinamizó la vida del imperio tras años de estancamiento.
En este episodio de 'Huellas Rusas' hablaremos de este primer atentado contra el emperador Alejandro II ocurrido el 4 de abril de 1866 a plena luz del día. De cómo aquella bala surcó el cielo y no alcanzó al hombre que regía los destinos de Rusia, desenlace que algunos califican de milagro y otros de invención de la propaganda zarista.
La 'Organización'
Aquel disparo, obviamente, marcó un antes y un después. El zar, que pasó toda la vida basculando entre liberales y conservadores, intentando mantener cierto equilibrio, tuvo que dar marcha atrás, frenando el ritmo de sus reformas, para dar paso, al menos temporalmente, a los que optaban por un curso más tradicionalista. Junto a otros cambios sufridos por su agenda, Alejandro II ya no podría pasear tranquilamente a solas por San Petersburgo como solía hacer su padre Nicolás I: el peligro era real y, aunque la 'caza' masiva encabezada por grupos revolucionarios no había empezado, la pura lógica dictaba las nuevas reglas de juego.
El hombre que se impuso a sí mismo la misión de matar al zar no había sido un polaco, como supuso el emperador en un primer momento, sino un estudiante ruso empobrecido que había crecido en el seno de una familia de terratenientes provinciales de la región de Sarátov. Se llamaba Dmitri Karakózov y formaba parte de un grupo de jóvenes socialistas que, bajo la dirección de su primo Nikolái Ishutin, soñaban con desatar una especie de revolución entre los campesinos.
Además del trabajo propagandístico para atraer a nuevos seguidores y de las interminables y poco provechosas juergas entre discusiones sobre un futuro mejor para Rusia, los miembros de la autodenominada 'Organización' seguían el modelo del socialismo comunal y cooperativo, creando cajas de ayuda, talleres de encuadernación, espacios de amparo o abriendo centros de enseñanza para pobres. Todo ello con la meta final bastante clara de acabar con el régimen zarista. Sin embargo, en las charlas del grupo de Ishutin, cuya influencia a veces se agigantaba artificialmente, la idea de matar al zar aún no había cobrado tanta fuerza como lo haría en años posteriores, cuando la organización clandestina 'Voluntad del Pueblo' emitió una condena de muerte al emperador, iniciando una verdadera caza en su contra.
Dentro de la llamada 'Organización' existía un grupo más radical denominado 'Ad', que significa 'Infierno' en español, en el que Ishutin y sus colaboradores teorizaban sobre los métodos terroristas de su lucha, si bien en la práctica el Infierno funcionaba como núcleo de la 'Organización', como su grupo de élite.
Aunque Karakózov formaba parte de este club de revolucionarios, las crónicas de la época indican que habría tomado la decisión de ajustar cuentas con el zar sin contar con nadie. Eso no significa que el club de su primo Ishutin no tuviera nada que ver con esto o que no le influyera en su modo de pensar. Algunas fuentes apuntan que, durante el juicio, algunos miembros de la 'Organización' presentaron al 'Infierno' como un club de reflexiones durante borracheras estudiantiles, declarando incluso que habían tratado de disuadir a Karakózov para que no siguiera adelante con su plan, amenazándolo hasta con denunciarlo a la Policía. No funcionó.
Del disparo al banquillo
Fuera cual fuese la intención de Ishutin y de su banda, el estudiante Karakózov, que era en realidad un desdichado sin dinero y sin futuro, psicológicamente inestable, que había sido expulsado de varias universidades, llegó a San Petersburgo armado con un revólver belga del sistema Lefauchex y varias balas. Tras alquilar una habitación modesta en la capital, empezó a estudiar el terreno para cronometrar hasta el último segundo del magnicidio.
Pero tan minuciosa preparación, como ya se ha dicho, no tuvo el efecto deseado, pues aquel 4 de abril de 1866 el monarca ruso, que ni siquiera iba acompañado por guardias, sobrevivió. Karakózov, que durante los primeros interrogatorios se presentó como un campesino llamado Alexéi Petrov, desató una reacción en cadena del aparato estatal: todos de repente se pusieron manos a la obra para erradicar la amenaza revolucionaria. El propio homicida frustrado, que era sometido con frecuencia a privación del sueño por las autoridades, aseguraba estar enfermo y tener problemas mentales, mezclando la idea de suicidio con la del asesinato del zar con tal de "ser útil para el pueblo". En el grupo de Ishutin las opiniones divergían: unos afirmaban a que el extraño Karakózov había actuado solo, otros lo catalogaban de "víctima" de una "infundada teoría de terror", mientras que algunos insistían en que las reuniones dentro de la 'Organización' nunca pasaban al nivel de planes concretos.
El proceso, con 36 personas sentadas en el banquillo de los acusados, concluyó con bastante rapidez. Para aquel entonces, el Gobierno zarista ya había puesto en marcha la reforma judicial, quizá la más exitosa de todas durante la época de Alejandro II, que introdujo tribunales independientes junto con el carácter contencioso del proceso. Sin embargo, las circunstancias del caso lo hacían especial y se efectuó a puerta cerrada. Después de que el tribunal desoyera los argumentos de la defensa sobre la vulnerabilidad mental del principal acusado, el veredicto era predecible: Karakózov e Ishutin fueron condenados a muerte por ahorcamiento, mientras que otros implicados recibieron condenas menos severas: destierro a Siberia, cárceles o vigilancia policial.
Alejandro II podría haber emitido un indulto a favor de Karakózov. Pero el zar no lo hizo, y el 3 de septiembre el estudiante fue ahorcado en la isla de Vasilievskii de San Petersburgo ante una multitud. En cuanto a Ishutin, tuvo más suerte, ya que le cambiaron la pena capital por destierro permanente en Siberia, donde moriría en 1879, dos años antes de que una bomba terrorista acabara con el propio emperador en el centro de la capital.
¿La mano de Dios?
No vamos a terminar así el episodio. De ningún modo. Los más atentos recordarán que al inicio mencionamos la idea del milagro. De hecho, muchos podrán hacerse una pregunta lógica: ¿cómo es que una persona, incluso con problemas mentales, pudo fallar un tiro prácticamente a quemarropa? El relato oficialista, que -lo repetimos una vez más- algunos tildan de mito gubernamental para mostrar la sintonía entre la corona y la gente de a pie, atribuye la salvación de Alejandro II al providencial empujón que aquel 4 de abril propinó a Karakózov un campesino, Ósip Ivánovich Komissárov, de 25 años. Tanto el codazo como el origen de Komissárov tenían cierto regusto a milagro, lo que, en un primer momento, redundó en favor de la popularidad del zar, que durante un tiempo pudo respirar con tranquilidad, en medio del fervor popular. Pero todo acabó tan rápido como empezó.
"El lunes 4 de abril, el emperador dio un paseo por el Jardín de Verano con el duque Nicolás Maximiliano de Leuchtenberg y su hermana María. Al terminar su paseo, hacia las cuatro de la tarde, el soberano salió del jardín y, tras ponerse la sobrechaqueta, se disponía a subir al carruaje para regresar a palacio. En la puerta del jardín se agolpaba en ese momento un grupo de gente, como siempre y en todas partes donde el pueblo ortodoxo espera ver a su amado zar. El soberano saludaba afablemente al pueblo y ya estaba subiendo al carruaje, cuando, de repente, un joven desconocido se abrió paso entre la multitud, se acercó al soberano y le apuntó con una pistola casi a quemarropa. Un agente de Policía vio el movimiento del agresor; gritó, pero, en ese momento decisivo y terrible, cuando el disparo estaba a punto de resonar, un joven campesino que se encontraba allí entre la multitud se percató de la terrible intención. El agresor, mientras seguía abriéndose paso hacia delante, empujó con bastante fuerza al campesino; el campesino lo miró instintivamente y vio entonces con terror que aquel desconocido apuntaba con la pistola y estaba listo para apretar el gatillo y disparar un tiro mortal; apenas consciente de sí mismo por el horror, se abalanzó rápidamente sobre el asesino y golpeó con todas sus fuerzas el codo del agresor. A causa de ese empujón, la mano y la pistola del criminal se levantaron en el mismo instante en que iba a disparar; se oyó un fuerte disparo, la bala silbó sobre la cabeza del soberano y pasó de largo, sin tocar a nadie". Así describe el reporte oficial, aprobado por la censura, la secuencia de los hechos.
'Dios salve al zar'
Aquel codazo del campesino Komissárov proporcionó a Alejandro II lo que tanto necesitaba: una marea de compasión popular con olas de amor que llegaban desde todos los rincones del imperio. Corrían tiempos difíciles, con niveles de malestar social bastante elevados en todos los estratos, lo que se solapaba con la urgente necesidad de industrializar el país. Las crónicas de aquel corto período en la historia rusa repiten una y otra vez la interminable cola de mensajes de apoyo que llegaban a la Corona, no solo de parte de los defensores más acérrimos del monarca, sino del público general, ajeno a las batallas políticas. Oraciones, recepciones, gritos con ovaciones prozaristas, agitación callejera con repique de las campanas, obras teatrales que se interrumpían constantemente para entonar el himno 'Dios, salve al zar'.
Todo este impulso patriótico tenía un condimento que confería a toda la historia, al menos entre aquellos dispuestos a creérsela, un aura especial: y no solo se trataba del hecho de que Osip Ivánovich Komissárov fuera un campesino -que ejerció como ayudante en un taller de sombrereros-, sino que era oriundo de la provincia de Kostromá, considerada la cuna de la familia Románov, porque fue allí donde el primer zar de la dinastía, Mijaíl, aceptó subir al trono a comienzos de 1613, lo que puso fin al período conocido en la historia rusa como el Tiempo Tumultuoso o la Época de Inestabilidad, cuando el país quedó sumido en una profunda crisis multidimensional, de una envergadura que puso en entredicho la misma existencia del Estado ruso como tal.
Más aún, la provincia de Kostromá está vinculada a una hazaña legendaria, la del campesino Iván Susanin que, según cuenta la leyenda, salvó al joven zar Mijaíl Románov de un grupo de invasores polacos que intentaba matar al futuro monarca. Según el relato oficial, Susanin fingió colaborar con los invasores, pero los condujo hacia una zona pantanosa. Tras darse cuenta del engaño, los polacos acabaron descuartizando al campesino, pero no pudieron abrirse el camino hacia Mijaíl, que se hallaba oculto junto co su madre en el Monasterio Ipátiev de Kostromá. Así arrancó la dinastía Románov, con la figura de un hombre de a pie sacrificándose por el monarca. Curiosamente, Osip Ivánovich Komissárov provenía de un pueblo muy cercano al de Susanin. O sea, a los ojos de muchos rusos, la historia se repetía otra vez con la mano de la Providencia divina interviniendo para salvar a la corona y enviarle una señal.
Fama y olvido
La fama impactó de inmediato a Komissárov. El zar le recibió personalmente en su palacio y le otorgó el estatus de nobleza hereditaria. En los primeros días posteriores al intento de asesinato, cada vez que aparecía en el teatro acababa siendo ovacionado por el público, que no desaprovechaba la oportunidad para subrayar el vínculo entre Susanin y él. Por entonces, el arte de fotografía ya empezaba a despuntar, por lo que Komissárov fue retratado para la historia.
La crónica oficial incluso guardó o compuso (quién sabe) el testimonio de Komissárov con su recuerdo personal de aquella reacción cívica que hizo para salvar al soberano. "Mi corazón latía con especial fuerza cuando vi a aquel hombre que se abría paso apresuradamente entre la multitud, lo seguí con la mirada, pero luego me olvidé de él cuando se acercó el Zar. De repente, vi que ese hombre sacaba una pistola y apuntaba; en un instante se me ocurrió que si me abalanzaba sobre él o le apartaba la mano, mataría a otra persona o a mí mismo y sin querer le empujé la mano hacia arriba con fuerza. Después de eso no recuerdo nada, como si me hubiera quedado aturdido y, al recobrar el sentido, solo veo que me besa un general; me llevaron al palacio, pero yo me encontraba como en un estado de aturdimiento y me había quedado sin habla por completo; solo una hora y media después volví en sí y pude hablar", se lee en la nota oficial aprobada por la censura a inicios de junio de 1866.
Un sable dorado, el título de ciudadano honorario de varias ciudades, incluida la capital, e incluso un verso del popular poeta Nikolái Nekrásov que, en realidad, simpatizaba más con los círculos antizaristas. Desde el primer momento, los homenajes se multiplicaron, pero cuando todo volvió a la normalidad, se hizo evidente que el uniforme nobiliario, junto con la fama nacional, devorarían a Osip Ivánovich.
En términos generales, su estrella brilló con intensidad, pero fue fugaz, acabando su hazaña prácticamente en el olvido. A diferencia de Iván Susanin, cuya historia ha cruzado generaciones de rusos, que la absorben desde su infancia, cristalizando como un mito, aquel codazo de Osip Ivánovich Komissárov no es patrimonio nacional, sino, como mucho, una frase en la historia de los atentados contra Alejandro II.
La Providencia no siempre ayuda
Tras el disparo de Karakózov, el clima político dentro del imperio no fue a mejor, tomando un rumbo diferente al del curso reformista que reinaba en los comienzos del reinado del zar libertador. Las reformas no fueron enterradas en su totalidad, pero se reforzó la censura en la prensa, se impusieron restricciones a las recién liberadas universidades, mientras que el Gobierno se vio sacudido por un sismo interno con los conservadores haciéndose con más riendas del poder. En el campo de los revolucionarios tampoco había consenso, ya que algunos no podían aceptar los métodos más radicales que pregonaban otros. "El atentado del 4 de abril no nos gustó nada. Esperábamos que trajera desgracias; nos indignaba la responsabilidad que asumía un fanático cualquiera… Solo en los pueblos salvajes y atrasados la historia se abre paso a través de los asesinatos", escribía el publicista demócrata revolucionario Aleksandr Guertsen.
Al final, ni el codazo de Komissárov, ni el tira y afloja entre conservadores y liberales acabarían salvando a Alejandro II, ni al imperio. El disparo de Karakózov se multiplicó un sinfín de veces hasta llegar al sótano del ingeniero Ipátiev con el fusilamiento de la familia de Nicolás II en 1918. Y la Providencia divina no encontró a un campesino que salvara la monarquía Románov, que fue devorada. Devorada por el salvajismo de nuevos tiempos. Pero eso es ya otra historia.
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