En la víspera de la cumbre de la OTAN de esta semana en Ankara, Turquía, el bloque publicó un informe titulado 'Gasto en defensa de los países de la OTAN (2014-2025)'.
A simple vista, el informe muestra un aumento asombroso del nivel de gasto en defensa de varios miembros de la OTAN a lo largo de la década anterior, con Lituania a la cabeza con un incremento de alrededor del 777 %. En conjunto, los miembros de la OTAN, en su intento por alcanzar el umbral del 2 % del PIB para el gasto en defensa fijado por EE.UU. hace una década, han registrado un aumento de 1,364 billones de dólares en el dinero invertido en las fuerzas armadas de sus respectivos miembros durante la última década. Eso es mucho dinero.
De estos datos surgen dos preguntas: primero (y, ante todo), ¿ha producido este aumento alguna ventaja cualitativa o cuantitativa por parte de la OTAN sobre Rusia? Y segundo, ¿pueden los miembros de la OTAN sostener este tipo de crecimiento del gasto en defensa a lo largo de la próxima década?
Debe entenderse que la OTAN de 2014 era en gran medida un cascarón vacío cuando se trataba de una proyección significativa de poder militar. Excesivamente dependiente de EE.UU. para sus necesidades fundamentales de defensa desde el colapso de la Unión Soviética en 1991, la OTAN se había convertido en una sombra de lo que había sido, muy lejos de la organización militar de vanguardia que se había construido en la década de 1980.
La realidad es que, a pesar del aumento masivo del gasto en defensa, las capacidades militares de la OTAN no avanzaron de ninguna manera significativa a lo largo de la última década. Esto se ha hecho evidente a medida que la OTAN ha debatido, en los últimos años, la posibilidad de desplegar fuerzas militares en suelo ucraniano como parte de cualquier acuerdo de mantenimiento de la paz, en caso de que el conflicto entre Rusia y Ucrania llegue a una conclusión negociada.
Se hizo obvio que las 'tres grandes' potencias europeas (Francia, el Reino Unido y Alemania) carecían de cualquier capacidad significativa para proyectar en Ucrania un poder militar sostenible y de fuerza apreciable. Esta sigue siendo la valoración hoy.
La mayor parte del gasto en defensa de la OTAN ha consistido en sostener un sistema envejecido y decrépito, desconectado de la realidad del conflicto moderno. Y, en la medida en que se ha producido modernización, esta simplemente ha sustituido un conjunto de equipamiento envejecido dentro de un sistema heredado, atado a una doctrina de la era de la Guerra Fría, por un conjunto de equipamiento más nuevo, pero todavía obstaculizado por tácticas y teoría operativa inadecuadas para el campo de batalla moderno.
Al límite: países de la OTAN agotan sus reservas y descartan enviar más armas a Ucrania
La desafortunada decisión de Alemania de crear en 2022 un fondo extraordinario de 100.000 millones de euros (114.000 millones de dólares) para ayudar a reanimar a una Bundeswehr en declive constituye un ejemplo concreto de la eficacia de buena parte del gasto en defensa de la OTAN a lo largo de la última década: para 2025 el fondo se había agotado, con poco o nada que mostrar a cambio.
100.000 millones de euros tirados por el desagüe, y la Bundeswehr tan averiada y decrépita como siempre.
No hay una sola fuerza militar nacional dentro de la OTAN, incluido EE.UU., que pueda prevalecer en un campo de batalla moderno contra un enemigo de la calidad de Rusia. Ucrania ha desplegado hoy la fuerza militar no rusa más capaz de Europa, y sus fuerzas están siendo desangradas en el tipo de guerra de desgaste que las fuerzas de la OTAN nunca podrían sobrevivir.
En resumen, los 1,34 billones de dólares que la OTAN ha gastado en aumentos del gasto en defensa desde 2014 han dejado al bloque apenas manteniéndose a flote.
La tarea de la OTAN es construir y sostener una fuerza militar moderna capaz de combatir contra un enemigo moderno, como Rusia. En esto, la OTAN ha fracasado.
La siguiente pregunta es si la OTAN puede salir de su actual situación a base de gasto.
Sobre el papel, la respuesta es un 'sí' fuertemente matizado. Todo es posible, en teoría, si uno está dispuesto a arrojar suficiente dinero al problema. Pero los problemas de la OTAN son de naturaleza sistémica y están ligados a acontecimientos que no están bajo su control.
La OTAN se ha encontrado implicada en una guerra 'proxi' con Rusia que la obliga a desviar valiosos recursos militares —financieros y materiales— hacia Ucrania, que se ha convertido en un horno gigante que consume todo lo que se le arroja sin hacer avanzar la situación de manera favorable frente a Rusia.
Pero el dinero no crece en los árboles, y, al fin y al cabo, el apetito de la OTAN por la guerra superará con mucho la capacidad de sus miembros constituyentes para pagar la factura. La capacidad industrial militar es deficiente en todos los ámbitos, y los costes asociados a corregir ese déficit son prohibitivamente altos.
Igualmente altos son los costes asociados al tipo de expansiones militares masivas que están considerando naciones como Alemania, que busca triplicar el tamaño de sus fuerzas armadas para 2029.
Incluso si el dinero estuviera disponible para semejante empresa, falta la disposición pública para apoyar y sostener este tipo de infraestructura militar ampliada. Cuanto más invierte Alemania —y, por extensión, Europa Occidental— en defensa, más alienada se vuelve la sociedad, creando problemas políticos internos para quienes buscan aumentos masivos del gasto en defensa. En resumen, la OTAN se está arruinando a base de gastar.
Aunque Rusia no puede permitirse permanecer estancada ante el aumento del gasto en defensa de la OTAN, especialmente cuando tales aumentos van ligados a declaraciones cada vez más belicosas sobre la posibilidad de una guerra entre Rusia y la OTAN en los próximos años, lo cierto es que el fenómeno del gasto en defensa de la OTAN es un problema autolimitado, lo que significa que la capacidad del bloque para continuar con el gasto en defensa al ritmo actual de crecimiento conducirá, con toda probabilidad, al colapso político y económico de los individuos y partidos políticos que actualmente abogan en favor de tales políticas.
Todo lo que realmente necesita hacer Rusia es mantener ardiendo el horno ucraniano, y la OTAN se consumirá a sí misma.
Por Scott Ritter, exoficial de inteligencia del Cuerpo de Marines de EE.UU. y autor del libro 'Desarme en tiempos de la perestroika: el control de armas y el fin de la Unión Soviética'. Sirvió en la URSS como inspector encargado de la implementación del Tratado INF, formó parte del Estado Mayor durante la guerra del Golfo y, de 1991 a 1998, trabajó como inspector de armamento de la ONU.