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La batalla por el oído de Trump: Vance, Netanyahu y la nueva fractura de MAGA sobre Israel

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La pugna por un encuentro entre Netanyahu y Trump revela diferencias profundas en el trumpismo en torno a Israel, Irán y el rumbo de la política exterior de EE.UU.
La batalla por el oído de Trump: Vance, Netanyahu y la nueva fractura de MAGA sobre Israel

La dificultad de Benjamín Netanyahu para lograr una reunión con Donald Trump podría interpretarse como un mero contratiempo diplomático, pero cada vez son más los analistas que ven en ella una disputa política de mayor profundidad.

Lo que está en juego para Israel no es una reunión bilateral, sino el acceso directo al presidente y la capacidad posibilidad de influir en la estrategia estadounidense hacia Irán en un momento que Tel Aviv considera decisivo.

Según fuentes israelíes citadas por Ynet, el entorno de J.D. Vance teme que Netanyahu utilice esa proximidad personal para inclinar a Trump hacia posturas más beligerantes. Axios ha confirmado que la insistencia israelí no ha encontrado hasta ahora una respuesta favorable de la Casa Blanca.

Discrepancias internas en MAGA

Vance representa a un sector del movimiento MAGA que entiende las alianzas exteriores desde un nacionalismo más transaccional y menos dispuesto a aceptar compromisos militares indefinidos. No se trata de una corriente contraria a Israel: el vicepresidente sostiene que mantiene buenas relaciones con parte del Gobierno israelí y reconoce la importancia del aliado. Su planteamiento consiste en subordinar esa relación a una interpretación estricta del interés nacional estadounidense, limitar el coste de las guerras y preservar la autonomía de Washington frente a las presiones de socios externos.

Reuters ha situado a Vance y al secretario de Estado, Marco Rubio, en posiciones republicanas parcialmente enfrentadas: mientras el primero ha cuestionado acciones israelíes que podían obstaculizar los esfuerzos diplomáticos, Rubio ha defendido con mayor firmeza el derecho de Israel a continuar sus operaciones.

Esta sensibilidad menos pro-israelí todavía no predomina en el Partido Republicano, pero tampoco es marginal y parece ganar terreno con el tiempo. Israel conserva un respaldo considerable entre los votantes conservadores, especialmente entre los republicanos de mayor edad y los evangélicos. Sin embargo, las diferencias generacionales son profundas.

Una encuesta de Pew Research Center realizada en marzo reveló que el 57 % de los republicanos menores de 50 años tenía una opinión desfavorable de Israel, frente a la valoración mayoritariamente positiva de los votantes conservadores de más edad. Gallup constató que el 70 % de los republicanos seguía simpatizando más con Israel que con los palestinos, aunque ese porcentaje había caído diez puntos desde 2024 y se situaba en su nivel más bajo en más de dos décadas.

Un conflicto exterior con repercusiones domésticas

La negociación con Irán ha convertido esa evolución ideológica en un conflicto inmediato de política exterior. Netanyahu considera insuficiente cualquier acuerdo que no elimine de manera verificable la capacidad nuclear iraní, limite su programa de misiles y preserve la libertad de acción militar de Israel.

Vance, en cambio, ha acusado a miembros del Gobierno israelí de intentar desacreditar la vía diplomática y mantener a EE.UU. implicado en una guerra sin final definido. La revista Time documentó, a partir de los registros estadounidenses sobre agentes extranjeros, que Tel Aviv había contratado por 1,5 millones de dólares mensuales a una empresa de Brad Parscale, antiguo responsable de campaña de Trump, para desarrollar contenidos destinados especialmente a los jóvenes y al ecosistema mediático conservador. Parscale admitió que la operación buscaba frenar el distanciamiento de los jóvenes republicanos respecto de Israel, aunque negó haber participado en una campaña para sabotear la política de Trump.

La pugna tiene también una dimensión interna en la propia Administración Trump. A las posturas enfrentadas de Vance y Rubio sobre Israel, Irán y la continuidad de las operaciones militares, se suma el estilo presidencial de Trump, que no responde siempre a una doctrina exterior estable: combina su afinidad política con Israel y su relación personal con Netanyahu con el deseo de presentarse como el líder capaz de poner fin a guerras y sellar acuerdos.

En ese sistema presidencial extraordinariamente personalista, llegar directamente a Trump puede modificar una decisión. De ahí que la batalla por lograr o impedir la reunión tiene un peso mayor que una simple disputa de agenda.

Las consecuencias ya se perciben en la relación bilateral. Vance ha llegado a advertir públicamente a los ministros israelíes de que su país se encuentra aislado y depende en gran medida del apoyo de EE.UU. Netanyahu ha tratado de restar dramatismo a la aparente ruptura: insiste en que comparte con Trump el objetivo de impedir que Irán obtenga armas nucleares, pero también advierte de que Israel actuará por su cuenta si Washington no alcanza un acuerdo satisfactorio.

Puede que la alianza militar y estratégica entre Washington y Tel Aviv siga vigente en lo esencial, pero su funcionamiento se ha vuelto menos automático, más cuestionado desde dentro y mucho más expuesto a las disputas públicas.

Nuevas grietas en una vieja relación

Lo que este asunto ha puesto de manifiesto es que Vance, nada menos que el vicepresidente, ofrece representación institucional a una parte real y creciente del trumpismo: una derecha nacionalista que desconfía de las guerras prolongadas, rechaza que los aliados dicten las prioridades estadounidenses y conecta con una generación republicana mucho menos identificada con Netanyahu que la anterior. El fenómeno plantea un problema serio para las relaciones entre EE.UU. e Israel, no porque amenace de manera inmediata una alianza militar y estratégica profundamente arraigada, sino porque está erosionando la base social que durante décadas la sostuvo casi sin discusión.

A ese distanciamiento generacional dentro de la derecha se suma, por supuesto, una izquierda cada vez más hostil al Gobierno israelí y al sionismo, especialmente tras la devastación de Gaza y las acusaciones de genocidio contra Israel: en 2025, el 77 % de los demócratas valoraba negativamente al Ejecutivo israelí y el 60 % consideraba que su actuación en la guerra había ido demasiado lejos.

El peligro para Israel no reside, por tanto, únicamente en sus actuales fricciones con la Casa Blanca, sino en que el apoyo estadounidense deje progresivamente de ser un consenso transversal y pase a depender de una coalición política cada vez más envejecida, estrecha y vulnerable.

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