China gana la batalla por Oriente Medio sin enviar tropas

Pekín y Washington tienen intereses similares en Oriente Medio, aunque el gigante asiático depende aún más de la energía de la región y también se beneficia de un equilibrio regional estable.

Mientras Washington vincula su influencia en Oriente Medio con bases militares y tropas, Pekín ha seguido otro camino. Durante la última década, China ha ampliado rápidamente su peso regional mediante el comercio, las inversiones y la diplomacia, sin construir una red militar comparable a la estadounidense.

Antes de la guerra, EE.UU. mantenía al menos 19 instalaciones militares en la región, ocho de ellas consideradas permanentes. Los ataques iraníes dejaron prácticamente inoperativos el cuartel general de la Quinta Flota estadounidense en Baréin y el centro de mando de Catar. Pekín, en cambio, solo dispone de una base militar en el extranjero, en Yibuti, pero ha ganado influencia en una región donde Washington ha invertido enormes recursos durante décadas.

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Comercio y diplomacia en lugar de bases

China goza de una aceptación diplomática casi universal entre los bloques enfrentados de la región, mientras que la historia y los compromisos militares de Washington socavan su capacidad para actuar como mediador neutral. Pekín es el mayor socio comercial de los Estados árabes, y Oriente Medio figura entre los principales destinos de las inversiones de la Franja y la Ruta.

Durante el conflicto entre EE.UU. e Irán, los gobiernos del golfo Pérsico han recurrido a Pekín para que presionara a Teherán, primero en relación con el estrecho de Ormuz y la respuesta iraní, y posteriormente para tratar de contener a los hutíes. El acuerdo de normalización entre Arabia Saudita e Irán, alcanzado con mediación china en 2023, puso de manifiesto la diferencia entre la influencia militar y la diplomática. Pekín logró situarse en el centro de una de las rivalidades más profundas de la región pese a no contar con una infraestructura militar comparable a la de EE.UU. en Oriente Medio, sostiene Matthew MacKenzie, analista de política exterior de Americans for Prosperity.

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China y EE.UU. tienen intereses similares en Oriente Medio, aunque Pekín depende aún más de la energía de la región y también se beneficia de un equilibrio regional estable. La paradoja, según MacKenzie, es que Washington asume los costes y riesgos de proteger el orden del que depende la economía china.

Convertir la dependencia energética en ventaja

Los países del golfo Pérsico representan entre el 50 % y el 55 % de las importaciones chinas de petróleo. Pese a esa elevada dependencia, Pekín logró reducir su vulnerabilidad gracias a las reservas estratégicas acumuladas en los últimos años y a la diversificación de sus fuentes de suministro. China ha almacenado más de 500 millones de barriles, lo que le permitió afrontar la interrupción del tráfico por el estrecho de Ormuz con un margen mayor que otros importadores.

Durante la crisis, China redujo la actividad de sus refinerías, recurrió selectivamente a sus reservas, redirigió suministros, contuvo parte de la demanda e importó menos petróleo. Un informe de la consultora geopolítica Asia Group señala que estas medidas permitieron a Pekín absorber parte del volumen perdido por el cierre del estrecho y moderar la presión sobre los mercados energéticos mundiales.

Otro factor clave fue la apuesta de largo plazo por la electrificación. La electricidad representa cerca del 30 % del consumo energético de China, frente a alrededor del 22 % en EE.UU. y Europa. Además, en 2024 China instaló más de la mitad de toda la nueva capacidad mundial de energía eólica y solar, reforzando así su capacidad para reducir la dependencia del petróleo importado.

Gracias a estos factores, Pekín pudo reducir sus compras de petróleo importado en aproximadamente cuatro millones de barriles diarios durante la guerra. En este contexto, The Times calificó a China como la "nueva superpotencia energética".