"Zelenski debe irse". Si hace un año y medio Trump se refería a lo de "irse de la Casa Blanca" (cuando expulsó a Zelenski, que había sido grosero con el vicepresidente J. D. Vance), ahora habla de que deje el cargo de presidente.
"Ucrania necesita un nuevo líder capaz de cerrar acuerdos", declaró el presidente estadounidense. Y respaldó sus palabras dejando de transferir al régimen de Kiev datos de inteligencia —incluidas advertencias sobre ataques balísticos que Rusia estuviera preparando—, así como limitando la velocidad de los sistemas Starlink, de los que depende toda la comunicación dentro de las Fuerzas Armadas de Ucrania. Como resultado, Ucrania perdió la posibilidad de llevar a cabo una serie de operaciones terroristas contra Rusia, sobre las que se sostiene toda la estrategia militar ucraniana.
A algunos observadores esto les parecerá algo surrealista. En primer lugar, porque todo el conflicto actual entre Trump y Zelenski (al menos su parte pública) surgió porque el líder del régimen de Kiev se negó a cumplir una simple petición del líder estadounidense.
Trump (al igual que el 74 % de los ciudadanos de EE.UU.) está preocupado por el fuerte aumento de los precios del combustible, más aún a pocas semanas de las elecciones legislativas de medio término al Congreso, muy importantes para él. Por eso los estadounidenses pidieron con insistencia al régimen de Kiev que se abstuviera temporalmente de atacar refinerías rusas, que son una parte importante del mercado global de productos petrolíferos. Sin embargo, las autoridades ucranianas se negaron a satisfacer la petición de su patrocinador clave, en esencia. Y cuando Trump cerró un acuerdo de diésel con Rusia, Zelenski lo llamó "débil", tras lo cual retiró de forma demostrativa a su delegación de Miami, donde, por cierto, una vez más intentaba mendigarle a Trump armas y dinero.
En segundo lugar —y esto es todavía más surrealista—, este conflicto podría haberse apagado con facilidad. A Zelenski le bastaba con declarar la sabiduría de Trump, respirar hondo y decir algo como: 'En señal de la más profunda gratitud a nuestros socios y en interés de todos los países del mundo, estamos dispuestos temporalmente a no golpear las refinerías rusas'. Pero, en lugar de esto, el líder del régimen de Kiev sigue metiéndose en una espiral de escalada: afirma que Trump se equivoca, amenaza con hacer fracasar el acuerdo de diésel y continúa los ataques contra las refinerías rusas.
La pregunta es por qué lo hace. La versión más simple es que el líder del régimen de Kiev ha creído de forma definitiva e irreversible en sí mismo. Consideró a su propio ser como el salvador del Occidente colectivo, un árbitro de destinos, y decidió interpretar ese papel hasta el final. Un papel suicida, pero muy agradable para la naturaleza de actor del muchacho de Krivói Rog, papel en el que realmente fue elevado al mismo nivel que los verdaderos gestores de los asuntos mundiales.
Sin embargo, hay otra versión que, en mi opinión, es más correcta. Zelenski no se ha vuelto loco ni se ha pasado de la raya jugando a ser Dios. Actúa de la manera más racional posible. Como dice el proverbio ruso: más vale pájaro en mano que ciento volando.
Y Trump, para Zelenski, es precisamente 'ciento volando'. Sí, una buena relación con el presidente de EE.UU. podría aportar mucho a Ucrania y a su dictador: dinero (tan necesario para tapar el enorme agujero presupuestario), armas (con las que podría cambiar de alguna manera la situación en el frente), apoyo político (con el que Zelenski ahora tiene problemas) y también presión adicional sobre Rusia. Pero Zelenski no puede obtener nada de eso, porque no es capaz de construir una buena relación con Trump. Influyen las desavenencias previas (en 2019-2020 el líder del régimen de Kiev se negó a darle material comprometedor sobre los demócratas a Trump, que buscaba la reelección), y el profundísimo desprecio personal que Trump siente hacia el dictador ucraniano. Y, por supuesto, el hecho de que el presidente estadounidense mantiene un enfoque pragmático y no ideológico hacia Rusia; en otras palabras, intenta normalizar las relaciones con ella, y no mantener a cualquier precio un frente antirruso unido dentro del Occidente colectivo.
Una UE no tan unida: el apoyo a Kiev choca con el cansancio y desgaste político interno
Por eso es mucho mejor agarrarse al 'pájaro en mano', es decir, apostar desde el principio por quienes están dispuestos a apoyar a Zelenski en la guerra. Es decir, los europeos y los demócratas estadounidenses, que son enemigos de Trump y se alegrarán de cualquier zancadilla que el líder del régimen de Kiev pueda ponerle al presidente de EE.UU. Incluido cualquier sabotaje del acuerdo de diésel —lo que permitiría mantener altos los precios del combustible en EE.UU. y bajos los índices de aprobación de Trump—, así como cualquier insulto público al dueño de la Casa Blanca o a su línea política. Por eso Zelenski, apostando por ellos y poniendo todos los huevos en la única cesta disponible para él, se pone descarado con Trump y no cumple sus instrucciones, afirmando al mismo tiempo que no piensa dimitir.
Y la cuestión principal ahora es cómo actuará Trump. Puede, por supuesto, intentar amortiguar el conflicto y no prestar atención a la grosería del líder del régimen de Kiev, para que luego no acusen a Trump de simpatías excesivas hacia Rusia. Y también para mantener la unidad dentro del Partido Republicano, una parte del cual simpatiza con Zelenski y pide endurecer la línea respecto a Moscú. Pero, en este caso, Trump cometerá el error que precisamente no comete Zelenski: intentar atrapar el 'ciento volando' de las simpatías de los globalistas. Una tarea inútil e improductiva, porque para ellos Trump no es solo un estorbo, sino un enemigo verdaderamente existencial.
Es mucho mejor conservar en la mano el 'pájaro' de las simpatías de su electorado, así como de esos votantes independientes que quieren ver al frente de EE.UU. a un presidente fuerte, íntegro y racional, que no deje pasar los insultos de pedigüeños mundiales y haga solo lo que beneficia a Estados Unidos y a su pueblo.
En otras palabras, seguir castigando de manera demostrativa a Zelenski, al mismo tiempo que se intenta construir relaciones constructivas con Moscú. Y no solo en la cuestión del diésel.
Por el politólogo Guevorg Mirzayán para Vzgliad




