Matthew Napoli, subdirector de la Oficina de No Proliferación Nuclear con Fines de Defensa de la Administración Nacional de Seguridad Nuclear de EE.UU. (NNSA, por sus siglas en inglés), advirtió recientemente a Arabia Saudita sobre los peligros de violar las cláusulas del acuerdo de cooperación nuclear civil acordado por ambos países de manera provisional en julio pasado.
"Si Arabia Saudita intenta desarrollar capacidades de enriquecimiento [de uranio] independientes, infringirá los términos del Acuerdo 123 con EE.UU. y pondrá en peligro nuestra cooperación. Fin de la historia", aseveró durante un evento en el instituto Carnegie de Washington.
El aviso llega después de que a finales de septiembre se reportara que Riad no ha descartado la posibilidad de desarrollar un programa de armas nucleares. Asimismo, varios legisladores estadounidenses temen que el acuerdo con el reino agudice la carrera armamentista en Oriente Medio.
Además, otra preocupación gira en torno al proceso de inspecciones. El acuerdo no exige que Arabia Saudita participe en el llamado "Protocolo Adicional", que obliga a todo país a otorgar al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) acceso a todas las etapas del ciclo de combustible del programa nuclear y a sus instalaciones de investigación.
¿Qué contempla el acuerdo?
El documento establece un marco jurídico que permitirá a empresas estadounidenses —o al propio Gobierno de EE.UU.— transferir materiales, combustible y tecnología nuclear para el desarrollo del programa nuclear civil saudí. En palabras de Napoli, el beneficio económico que puedan obtener las compañías de su país es lo más importante de todo esto.
Aunque cada transferencia deberá recibir autorizaciones adicionales, el punto más controvertido no reside en el suministro de tecnología, sino en las salvaguardias. En la actualidad, la mayoría de los países que operan reactores nucleares civiles no enriquecen uranio por cuenta propia. En lugar de ello, adquieren el combustible ya procesado a proveedores como EE.UU. o Rusia, que lo suministran en condiciones de estricto control internacional.
Sin embargo, el borrador presentado el año pasado al Congreso de EE.UU. introduce una excepción significativa para Riad. El texto no obliga a Arabia Saudita a adoptar el "Protocolo Adicional" del OIEA. En su lugar, las garantías quedarían reguladas mediante un acuerdo bilateral entre Washington y el reino.
¿Cuáles podrían ser las consecuencias?
Para Yoel Guzansky, del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional en Tel Aviv, y Henry Sokolski, exfuncionario del Pentágono que encabeza el Centro de Educación de Política de No Proliferación, el problema principal no es simplemente si las salvaguardas propuestas son suficientes, es la suposición de que las circunstancias políticas en las que se transfieren las capacidades nucleares permanecerán lo suficientemente sólidas durante las décadas en que estas existan.
Los recientes ataques de los rebeldes hutíes contra la infraestructura saudí demuestran por qué esa suposición es arriesgada, señalan. A pesar de las enormes inversiones en Defensa, Arabia Saudita ha tenido dificultades para proteger instalaciones de vital importancia frente a misiles y drones de bajo costo. Además, sus esfuerzos por diversificar las rutas de exportación alternativas al estrecho de Ormuz también han dejado al descubierto sus limitaciones. Mientras tanto, los avances hutíes a lo largo del mar Rojo han amenazado otro paso crítico: Bab el-Mandeb.
Los hutíes vs. Arabia Saudita: ¿por qué se enfrentan y qué consecuencias podría tener?
"La presión militar externa, los daños a las infraestructuras críticas, los crecientes costos de la guerra y el deterioro de la confianza económica podrían volverse mucho más desestabilizadores si se suman a una futura crisis de sucesión o a fracturas dentro de la élite gobernante o del aparato de seguridad", advierten.
Por otro lado, Robert Einhorn, exfuncionario del Departamento de Estado y experto en no proliferación, recuerda que apoyar el enriquecimiento de uranio en Arabia Saudita conlleva riesgos inherentes de proliferación nuclear.
"Las características clave del Acuerdo 123 —en particular, sus disposiciones que otorgan a EE.UU. un papel casi exclusivo en el desarrollo del programa de energía nuclear saudí— reducen, pero no eliminan, los riesgos de proliferación. Además, los detalles cruciales sobre el funcionamiento del Acuerdo solo se definirán una vez que entre en vigor", asegura.
En este sentido, Einhorn subraya que el hecho de que el documento entre en vigor, cómo y bajo qué condiciones, tiene importantes implicaciones para el futuro del régimen mundial de no proliferación. "Hay mucho en juego", concluye.





