Funeral de Alí Jameneí: simbología y mensajes

Mirko Casale

A lo largo de la historia, matar al jefe de Estado de tu enemigo es sinónimo de resonante éxito militar y hasta la antesala de la victoria definitiva. Sin embargo, hay un puñado de excepciones y estamos siendo testigos de una de ellas en Irán, durante los funerales de Alí Jameneí, asesinado durante la agresión estadounidense e israelí de principios de año.

Y es que la geopolítica no es ajedrez y el jaque mate no siempre designa el final de la partida, ni mucho menos al ganador. Los multitudinarios funerales de Alí Jameneí en Irán están cargados tanto de sutiles simbolismos como de mensajes claros y directos. 

La despedida del líder supremo iraní, que llevaba casi cuatro décadas en el poder, deja una impronta geopolítica mucho mayor que los actos por el 250.º aniversario de la independencia de EE.UU., celebrados también en estos días.

Jameneí fue asesinado por los bombardeos de Washington y Tel Aviv contra la nación persa, iniciados a finales de febrero. Los funerales se postergaron en varias ocasiones debido a que la agresión seguía en curso, primero y, segundo, por las dificultades logísticas de organizar un evento de masas con la presencia de millones de personas personas, llegadas desde diferentes puntos de Irán y el extranjero, entre ellas centenares de dignatarios de otras naciones.

Por supuesto, entre los asistentes había altos funcionarios de países de mayoría musulmana, como Pakistán, Catar, Bangladesh, Egipto, Uzbekistán, Burkina Faso, Turquía o Irak, entre otros muchos. De Afganistán llegaron tanto delegados talibanes como de los grupos armados que los combaten. 

También asistieron representantes de diversos miembros del llamado Eje de la Resistencia, como Hamás de Palestina, Hizbolá del Líbano y Ansarollah, de Yemen.

Pero no solo el mundo islámico estuvo presente en las exequias. También llegaron delegaciones oficiales de países como Armenia, Georgia, Serbia, Nicaragua, Cuba, la India, Bielorrusia y China.

Por parte de Rusia, estuvo presente el expresidente y actual vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, Dmitri Medvédev.

Por supuesto, en la prensa hegemónica trató de destacarse la, por otro lado, obvia y previsible ausencia de funcionarios del Norte Global, en ese afán tan suyo de creer que si ellos no están en un evento dado, entonces ese evento dado carece de importancia.

Claro, al lado de Trump, la prensa hegemónica parece hasta respetable en comparación. Y es que el presidente estadounidense aprovechó la ocasión para afirmar que podría asesinar a los presentes en el funeral con solo apretar un botón, pero que prefería no hacerlo. 

En fin, se trata de la misma persona que repite a diario que derrotó a Irán desde hace tres meses y medio sin que nadie se lo crea fuera de la Casa Blanca (y casi nadie dentro).

Sin embargo, más allá de la previsibilidad de la prensa hegemónica y los también previsibles exabruptos de Donald Trump, lo cierto es que el funeral está cargado de simbolismos, para quien quiera (y tenga la capacidad) de verlos.

Por lo pronto, las fechas. El funeral se produce en el primer mes del calendario islámico, cuando los musulmanes chiítas (mayoritarios en Irán) se congregan para conmemorar el martirio de Husáin, nieto del profeta Mahoma, que prefirió la muerte antes que someterse a un poder que consideraba tiránico. Un claro paralelismo con la vida de Jameneí, que prefirió morir antes que ceder ante EE.UU. y sus socios israelíes.

No son pocos los que ven en las fechas elegidas también una intencionalidad al coincidir parcialmente con el 4 de julio estadounidense, justamente además a 250 años de su declaración de independencia, ya sea para quitarle protagonismo global o para dejar claro que en Teherán no olvidan a sus enemigos. Sensación que se ve refrendada por la auténtica marea de banderas de color rojo exhibidas en los funerales, tonalidad que en la tradición islámica chií simboliza el martirio y la venganza

Por no hablar de los cánticos de “muerte a EE.UU.” y “muerte a Israel” entonados por las multitudes, si aún cabían dudas sobre la dizque ‘rendición’ de Irán.

 

Y es que, en la tradición chiita, morir asesinado por el enemigo, lejos de ser un fracaso, se considera algo heroico, una muestra de sacrificio y ejemplo para la sociedad. Las ciudades iraníes están cubiertas con carteles, murales o placas con los rostros de sus mártires, ya sean militares, científicos o niñas de una escuela de primaria.

 

Por eso, las muestras de dolor vistas estos días por toda la nación persa deben entenderse en un contexto muy particular. Por un lado, la magnitud de los funerales choca frontalmente con la imagen de “tirano odiado por su pueblo” que se ha trazado en los grandes medios durante décadas.  

Alí Jameneí, como todo líder, generaba diversas opiniones entre sus compatriotas, obvio, pero en líneas generales gozaba de gran respeto y popularidad en Irán.  Es más, su asesinato –junto al de varios familiares, entre ellos su nieta de dos años, largamente ninguneada por la prensa del ‘mundo libre’- unificó a la sociedad iraní, más allá de fragmentarla como esperaban en Washington y Tel Aviv.  

Como señalan varios expertos, el hecho de que fuera asesinado en su hogar, mientras dormía junto a su familia, hizo ver incluso a iraníes dubitativos, que las autoridades no exageraban nada cuando subrayaban el carácter groseramente criminal de los dos principales enemigos de Irán. El ataque gringoisraelí logró todo lo contrario de lo que buscaba. 

Porque cuando el asesinato de parte fundamental del liderazgo de una nación, lejos de crear grietas en la sociedad, la aglutina, el agresor enfrenta una paradoja irresoluble.  

O, en otras palabras, parafraseando la conocida frase de “lo que no te mata te hace más fuerte”, en el caso de la sociedad iraní podríamos decir que ellos van un paso más allá y sienten que hasta lo que te mata, te hace más fuerte.

El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de '¡Ahí les va!', escrito y dirigido por Mirko Casale.