Brasil, país que alberga la mayor parte de la Amazonía, es hogar de frutos únicos como la castaña local, un superalimento proveniente de árboles centenarios. Sin embargo, la belleza del bosque oculta una cadena productiva marcada por la desigualdad en la distribución de beneficios entre recolectores y exportadores.
El país sudamericano genera anualmente alrededor de 34.000 toneladas de castaña, siendo el estado de Pará responsable de un cuarto de esta producción. En la ciudad de Oriximiná existen al menos tres grandes exportadoras. A pesar de competir en el mismo mercado, los empresarios afirman mantener una relación cordial, con un acuerdo tácito para no discutir precios durante la temporada de cosecha.
Sin embargo, los empresarios señalan a los pequeños emprendedores como la mayor amenaza para su negocio, debido a que compran cantidades menores de castaña y las procesan directamente. Casemiro Florenzano, dueño de una firma fundada en 1928 y con una capacidad de producción de 1.000 toneladas anuales con apenas 30 empleados fijos, ilustra la estacionalidad del trabajo en la región. La compañía exporta principalmente a Estados Unidos, Italia, Australia y Alemania.
El rol de los recolectores y la cadena de valor
La recolección de la castaña de Brasil está en manos de los 'castañeros', habitantes de las comunidades amazónicas con un profundo conocimiento del territorio. Florenzano explica los costos de su operación, los montos pagados a los proveedores y los márgenes de ganancia. No obstante, los castañeros, que viven en condiciones humildes, a menudo comienzan la cosecha con deudas, ya que los empresarios les hacen llegar materiales para ejercer su trabajo.
Este sistema genera una marcada diferencia entre el precio recibido por los recolectores, alrededor de 30 dólares por 50 kilos de castañas, y el valor final del producto en el mercado internacional, que puede ser cinco veces mayor.
¿Cuáles son las alternativas?
Frente a esta desigualdad, surge una alternativa: Coopaflora, una cooperativa de comunidades indígenas y afrodescendientes de la región del río Trombetas. Con poco más de 100 familias asociadas, producen alrededor de cuatro toneladas de castañas por cosecha y han comenzado a agregar valor a sus productos mediante la fabricación de aceites y otros derivados.
Coopaflora ha creado un fondo común para invertir en infraestructura y transporte, y distribuye las ganancias equitativamente entre sus miembros. Su objetivo es romper con la dinámica desigual entre exportadores, intermediarios y recolectores.
Daiana, presidenta de la cooperativa, destaca los desafíos de mantener un precio justo para los recolectores y garantizar la sostenibilidad del proyecto. La logística en la región, marcada por la falta de infraestructura y las condiciones climáticas, es uno de los principales obstáculos.
A medida que se incrementa la demanda por la castaña de Brasil como superalimento, existe la preocupación de que los grandes empresarios impulsen plantaciones a gran escala, lo que podría resultar en deforestación y desequilibrio ecológico.
En equilibrio con la naturaleza
La supervivencia de la castaña de Brasil depende de la preservación de la Amazonía y de la valoración del trabajo de los recolectores. Jóvenes como Josy, nacida en una comunidad quilombola y estudiante de biología, son clave para encontrar soluciones innovadoras y conciliar el desarrollo económico con la conservación del medio ambiente.
A través de estudios e investigaciones, se busca optimizar los procesos de cultivo y producción, respetando el ciclo natural de la castaña y garantizando un futuro sostenible para las comunidades locales. La experiencia de los recolectores, combinada con el conocimiento científico, puede ofrecer alternativas viables para preservar este valioso recurso y promover un comercio justo y equitativo.

