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Venezuela en la disputa global: claves geopolíticas del fin del alivio petrolero

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En otro episodio más de su guerra económica global, EE.UU., de la mano de Donald Trump, vuelve a apretar la soga sobre Venezuela al revocar la tímida flexibilización de sanciones que su antecesor, Joe Biden, implementó en un intento de equilibrar su propio juego geopolítico.

No se trata de un movimiento aislado ni de una decisión arbitraria, sino de la restauración de la estrategia de asfixia contra el proceso bolivariano, esta vez en un escenario internacional donde el comercio energético ha cambiado de manera significativa.

El alivio sancionatorio promovido por Biden no surgió de un repentino arrebato de sensatez ni de una voluntad de distensión. Su origen está anclado en la misma maquinaria de sanciones que Washington desplegó contra Rusia tras la intervención en Ucrania en 2022.

Al restringir la exportación de crudo ruso, EE.UU. provocó un repunte en los precios de la energía, generando un terremoto entre sus propios aliados europeos y en sectores industriales clave. La administración Biden, con la soga al cuello, vio en Venezuela una alternativa parcial para amortiguar el impacto, permitiendo que empresas como Chevron retomaran operaciones en el país sudamericano.

Pero con Trump de vuelta al mando, el guion ha cambiado. Sin embargo, llegados a este punto, la cuestión es otra: ¿Venezuela necesita realmente el mercado estadounidense para sostener su economía petrolera o, tras años de bloqueo, ha logrado consolidar mecanismos que la vuelven más resistente a estos vaivenes?

Llegados a este punto, la cuestión es otra: ¿Venezuela necesita realmente el mercado estadounidense para sostener su economía petrolera o, tras años de bloqueo, ha logrado consolidar mecanismos que la vuelven más resistente a estos vaivenes?

Desde 2019, con la imposición de sanciones petroleras por parte de la administración Trump, la economía venezolana enfrentó uno de sus golpes más duros. Hasta entonces, EE.UU. absorbía el 40 % de su producción petrolera. La prohibición de estas importaciones y las sanciones secundarias en contra de las empresas que osaran negociar con PDVSA profundizaron la crisis del sector energético venezolano.

Pero la agresión no quedó ahí. Washington promovió la instalación de un gobierno paralelo, encabezado por Juan Guaidó, un títere que nunca tuvo legitimidad interna, pero que sirvió de excusa para el saqueo de activos venezolanos en el extranjero, como CITGO, la filial de PDVSA en EE.UU., y el bloqueo al acceso de reservas en bancos internacionales, como el oro retenido en el Banco de Inglaterra.

En total, Venezuela ha sido objeto de más de 900 sanciones, diseñadas no solo para socavar al gobierno de Nicolás Maduro, sino para dinamitar cualquier posibilidad de estabilidad económica y política. La estrategia de Washington no ha sido otra que provocar un colapso interno, exacerbando la crisis económica, disparando la inflación y bloqueando la importación de bienes esenciales. Un manual de guerra económica que busca desmantelar un proyecto político que ha desafiado, no exento de dificultades, la hegemonía estadounidense en la región.

El impacto inicial fue demoledor. En los primeros años de sanciones, la producción petrolera venezolana cayó a mínimos históricos, situándose por debajo de los 400.000 barriles diarios en 2020. La falta de acceso a financiamiento y repuestos paralizó refinerías y condujo a una escasez de combustible impensable en un país con una de las mayores reservas de crudo del planeta.

La estrategia de Washington no ha sido otra que provocar un colapso interno, exacerbando la crisis económica, disparando la inflación y bloqueando la importación de bienes esenciales. Un manual de guerra económica que busca desmantelar un proyecto político.

Pero lejos de rendirse, Venezuela buscó y encontró alternativas. China, Rusia e Irán se consolidaron como aliados estratégicos, facilitando mecanismos de exportación que burlaron las restricciones impuestas por Washington. Se activaron redes de comercio en la sombra, con buques que apagaban sus sistemas de rastreo y operaciones de transbordo en alta mar. Internamente, el gobierno adoptó reformas que flexibilizaron ciertos sectores económicos para atraer inversión y garantizar la estabilidad mínima necesaria.

El saldo de estas estrategias es claro: las sanciones no lograron doblegar a Venezuela ni precipitar el colapso que la Casa Blanca esperaba. Por el contrario, empujaron al país a diversificar sus relaciones y consolidar esquemas comerciales alternativos que le han permitido resistir y adaptarse. La llamada "presión máxima" no hizo sino acelerar la integración venezolana en el Sur Global y su acercamiento al bloque BRICS, reduciendo con ello las herramientas de coerción de Washington y dejando a su diplomacia en una posición cada vez más desesperada.

Si bien el fin de este alivio sancionatorio tendrá repercusiones, es evidente que no alcanzarán la magnitud destructiva de las medidas impuestas en años anteriores. Venezuela, hoy, es significativamente menos dependiente de lo que era en el pasado reciente.

Este endurecimiento de sanciones debe analizarse, además, en un marco más amplio: el de la progresiva erosión de la hegemonía estadounidense. Un proceso que sigue el mismo patrón de sus antecesores, como el Imperio británico, que defendía el libre mercado solo cuando le resultaba ventajoso y acabó recurriendo a barreras proteccionistas cuando su supremacía se veía amenazada.

Lejos de evidenciar fortaleza, la reciente ofensiva de Washington —sumada a la escalada arancelaria contra China, México e incluso sus propios aliados europeos— es síntoma de debilidad. En esa dirección, la subida del euro tras el anuncio arancelario transmite una creciente desconfianza en el sector financiero. Y, como ha ocurrido en el caso venezolano, vemos cómo esta guerra comercial de EE.UU. contra el mundo puede favorecer escenarios donde más países busquen alejarse del dólar, profundizando el debilitamiento del rol estadounidense en el sistema financiero mundial, clave también para su propio desarrollo interno.

Incapaz de sostener su dominio global a través de los mecanismos tradicionales, EE.UU. opta por medidas cada vez más agresivas que, paradójicamente, aceleran la transición hacia un mundo multipolar. La agresión contra Venezuela es solo una muestra más de una realidad ineludible.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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