Opinión

América Latina: ¿un continente en llamas o en cenizas?

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El gran documentalista soviético Román Karmén, después de recorrer América Latina a fines de los años 60 e inicios de los 70, hizo una de sus mejores crónicas, que se llamó 'Continente en llamas' (1972). Este documental, visto masivamente por el público de la URSS y de Europa Oriental, para millones de personas del mundo socialista marcó la percepción de las luchas latinoamericanas. La metáfora del 'Continente en llamas' llegó hasta nuestros días, reflejando las sombras y las luces de estrellas apagadas desde hace tiempo.

Es interesante que la prensa occidental y rusa, a pesar de la antagónica diferencia de sus enfoques y puntos de vista, muchas veces coinciden y continúan hablando de "las luchas revolucionarias" y de las "mareas rojas" en Latinoamérica. ¿Por qué tal coincidencia?

En la época del documental de Karmén y unos años después, Latinoamérica era el centro del enfrentamiento entre dos sistemas: el capitalismo y el socialismo. La mal llamada 'guerra fría' entre las grandes potencias, EE.UU. y URSS, era más que caliente en el Tercer Mundo. La mayoría de los países africanos y asiáticos recién habían dejado de ser colonias y se encontraban ante la ilusión o el sueño de creerse que decidirían los caminos de su verdadera independencia. Las múltiples guerras por la liberación nacional, acompañadas con invasiones militares, golpes de Estado gestados por las metrópolis, parecían anunciar el fin de un viejo ciclo histórico y millones de luchadores se levantaban con el ideal de convertir este mundo en un lugar más justo. Todo esto con las estampas del Che y de Ghandi como signos de la sensibilidad de esa época.

La triunfante Revolución cubana, representando la primera experiencia socialista en América, se complementaba con las guerras de guerrillas en una Centroamérica plagada de cruentas dictaduras, el Chile de Salvador Allende abría su propio camino de una profunda revolución social sin armas, en el vecino Perú, Velasco Alvarado, un militar progresista, iniciaba las reformas en beneficio de la mayoría de su pueblo, en Colombia y Venezuela los campesinos se alzaban en armas contra el poder de sus oligarquías, disfrazadas de democracias.

Todas estas luchas tenían como norte claramente el socialismo y, a pesar de la enorme diversidad de los proyectos y métodos, nadie estaba dispuesto a conciliar sus demandas ni sueños con el capitalismo como un algo natural o inevitable.

Al pasar solamente una década, de todo esto quedaba muy poco. El inicio de los años 80, América Latina, a excepción de Nicaragua, estaba viviendo la resaca de revoluciones que le dejó la década anterior, es decir, la rotunda derrota de Salvador Allende en Chile, los regímenes militares de corte fascista en los países del Cono Sur, la dictadura de Stroessner en Paraguay, que parecía eterna, el fracaso de los movimientos armados revolucionarios en el Salvador y Guatemala, una Honduras que quedó convertida en una base militar norteamericana, contra Nicaragua y Cuba, la agudización de los problemas después de la muerte de Velasco Alvarado en Perú, abriendo la puerta a una corrupción sin precedentes, y otros etcéteras. Todo esto lo que reflejaba era una tremenda crisis en los movimientos sociales, provocada entre otras razones por el absurdo conflicto entre la línea procubana y prosoviética (y hasta pro-China) en los movimientos revolucionarios que socavó la unidad, también la falta de experiencia y ausencia de formación política más rigurosa, y sobre todo una hábil jugada de los gobiernos estadounidenses y sus vasallos locales, que en la mayoría de los casos apostaron, en vez de por la tradicional oligarquía retrógrada, por la democracia cristiana, por las fuerzas liberales y por las demás expresiones del 'centro', para debilitar y dividir las fuerzas que exigían cambios de fondo.

Entonces, las esperanzadoras luchas que documentó Román Karmén a principio de los 70, a mediados de los 80 ya no existían. La Unión Soviética se acercaba a su colapso, las masas populares de Europa Oriental, embriagadas y confundidas por la propaganda norteamericana y con sus dirigentes cometiendo un grave error tras otro, exigían la restauración del modelo capitalista. Cuba, abandonada por la URSS y más que nunca acosada por EE.UU., entraba en una grave crisis y ya no estaba en condiciones de apoyar a los movimientos de liberación nacional.

Justamente es en ese momento y en esas circunstancias que el modelo económico, político y cultural llamado neoliberalismo, antes de ser mundial, fue estrenado y ensayado en los países al sur del Río Grande.

Gracias a las dictaduras militares en algunos casos, y en otros gracias a las democracias, a veces más sangrientas que cualquier dictadura, como la colombiana, el capitalismo latinoamericano se sintió a salvo, es decir, la amenaza comunista había sido eliminada. Aunque aún existía un problema, el de la imagen

Personajes como Pinochet no servían ya para atraer a los 'inversores extranjeros' o expandir las exportaciones a nuevos mercados. Era muy importante, conservando la esencia del sistema, ponerse una máscara diferente, más carismática, amable y convincente. Sin duda, la derecha chilena fue la más astuta y la más creativa. Ella entendió que, mientras la izquierda siguió hablando de revolución por inercia pero sin poder ofrecer nada revolucionario, la derecha produjo una verdadera revolución al revés, es decir, un cambio de valores y de modelos culturales en la sociedad chilena. Hablamos de Chile porque es el caso más evidente, pero más o menos lo mismo sucedió en todo el continente. Después de una generación mayor, paralizada por el miedo, que sabía que opinar de política era peligroso, creció otra generación sin necesidad de hablar ni costumbre de hablar de política, con otros valores, criados en medio del 'boom' los 'shows' televisivos, antesala de las actuales redes sociales, que fueron el único espacio cultural que dejaron. Junto con la destrucción del tejido social tradicional, se impuso el nuevo modelo de relacionarse con el prójimo al 'estilo americano', manifestándose ese cambio cultural en el lenguaje con un ejemplo simple, como, en vez de llamarse 'compañeros', pasar a ser 'socios', y, en una sociedad más lumpenizada por el crimen y la violencia como la colombiana, pasar a llamarse como los que comparten una celda de la cárcel y ser 'parceros'.

De este cambio cultural nace también el oxímoron de 'la economía social del mercado', es decir, un ser nacido en una probeta norteamericana que tiene la boca de un socialista, los pies de un militar, estómago de buitre, corazón de cartón y cerebro de pulga. Y lo más trágico es que, con la brusca caída del nivel de educación en nuestras sociedades latinoamericanas, pocos se dan cuenta del problema.

Lo que nos preguntamos con insistencia es si es posible que se construya un cambio verdadero en estas condiciones. Es lo que analizaremos en la siguiente columna.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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