Sobre la más importante de todas las artes

Oleg Yasinsky

La actual tragedia de Oriente Próximo es un plan orquestado, en el sentido literal de la palabra. Lenin comprendió perfectamente, todavía en los albores del cine, el poder material de este medio, cuando afirmó: "De todas las artes, la más importante para nosotros es el cine". Nuestros enemigos lo comprendieron y lo aplicaron de manera eficaz y generalizada.

La poeta y escritora rusa de origen judío Faina Grimberg lo describió a través de la experiencia de un conocido suyo. Él le contó que en su adolescencia su visión del mundo musulmán se formó bajo la influencia de Hollywood, y uno de los ejemplos más recordados fue la película de James Cameron de 1994, 'Mentiras verdaderas'. La imagen del 'terrorista' se muestra allí de tal manera que lo despoja de cualquier dignidad humana: el enemigo parece estúpido e incompetente, por lo que el espectador deja de tomar en serio su dolor, su sufrimiento y sus aspiraciones. De esta manera, según él, se construyó así en los espectadores el desprecio por el mundo árabe. Afirma que no se trata de una casualidad, sino de un sistema.

Por ejemplo, Jack Shaheen, científico, escritor y crítico de medios estadounidense, analizó en su libro 'Reel Bad Arabs' más de 1.000 películas y demostró que Hollywood ha reproducido durante mucho tiempo los mismos estereotipos. Los árabes que aparecen en la pantalla son o bien un jeque petrolero codicioso, lujurioso, gordo y feo, cuyo único sueño es llevarse a una rubia occidental a su harén; o un terrorista con una bomba, fanático y enloquecido; o mujeres oprimidas con velo que también pueden ser objetos sexuales, bailarinas de danza del vientre, exóticas, semidesnudas, que solo existen para una mirada masculina; o un comerciante codicioso, astuto y sucio en un mercado. O simplemente una masa anónima de bárbaros malvados y escandalosos con kefias, a los que se les puede acribillar por montones sin piedad.

Al mismo tiempo, sobre los judíos se rodaban películas bellas y desgarradoras como 'La lista de Schindler' o 'El pianista'. Llorábamos y veíamos en ellos a personas que nos conmueven, padres, hijos, personas normales, compadeciéndonos de su dolor y su destino. Así, Hollywood resultó ser una poderosa máquina de formación de nuestro mundo afectivo. Año tras año, nos enseñó que 'estos son los nuestros' y que 'aquellos son los extraños', los que apenas pueden considerarse personas. Precisamente así entre muchos se arraigó una islamofobia tan fácil y habitual.

Encontré que el concepto 'harén' también ha sufrido una interesante transformación semántica. En sentido lingüístico, esta palabra proviene del término 'haram', es decir, la prohibición religiosa del islam, que en este contexto significa un lugar intocable y prohibido al que no tienen acceso los extraños. Es la parte de la casa donde viven las mujeres, los niños y los sirvientes, lo cual se debe a las exigencias de la 'sharía' en materia de recato, y no a la poligamia. Para los europeos, desde su soberbia acostumbrados a convertir en caricaturas todo aquello que sus mentes eurocéntricas no comprenden, el 'harén' ha pasado a asociarse con las series sobre sultanes, lo que no refleja en absoluto la vida real de los musulmanes, donde el harén, es simplemente un espacio doméstico. Los especialistas afirman que los verdaderos harenes, tal y como se muestran en las series europeas, existían en Oriente Próximo más bien antes del islam.

En el universo de los ignorantes, moldeado por películas estúpidas en las que indios caníbales, entre dinosaurios y ovnis, se dedican a los sacrificios humanos, el control remoto del televisor se convierte fácilmente en el 'joystick' de un dron de combate o en un sistema de control de misiles en una misión tradicional para liberar territorios ajenos de los 'subhumanos'.

Este colonialismo —estatal, económico y cultural— es un fenómeno no solo político, sino también fisiológico. En su base se encuentra la presunción de una desigualdad original entre los pueblos, condenados por el propio destino a ocupar distintos lugares en la pirámide social y la cadena alimenticia. Este tema es el cordón umbilical que une al capitalismo con el fascismo, y su comprensión es el mejor antídoto contra la plaga de cualquier nacionalismo. Siendo un resultado de los 'grandes descubrimientos geográficos', la civilización vencedora condenó a la mayoría de los habitantes del mundo a una sumisión y a dependencia absolutas.

Esto se manifestó no solo en las relaciones de poder entre las élites, el trazado de fronteras artificiales y el saqueo macroeconómico de los continentes, sino también en el hecho de que decenas de generaciones de habitantes de los países del 'tercer mundo', en aras del 'progreso' ejemplar del 'primer mundo', estuvieran condenadas desde la infancia al hambre o a una alimentación deficiente, lo que no podía dejar de reflejarse en el desarrollo del cerebro. A esto hay que añadirle la falta de educación y los modelos sociales de la vida cotidiana desde los primeros días de la infancia, que los acercan lo más posible a un animal que al ser humano.

La necesidad permanente de sobrevivir a cualquier precio inculca en pueblos enteros cualidades que distan mucho de ser las mejores. Antes de vivir en Chile, el 'país del capitalismo popular', nunca hubiera imaginado que entre los compañeros de trabajo pudiera ser normal exigirles a los colegas 'comisiones' para convidarles cualquier trabajo adicional, si uno mismo no da abasto o simplemente no puede hacerlo, y que cualquier desinterés fuera un signo de debilidad o estupidez.

En nuestra época, esto es reforzado por la invasión de los hogares más pobres por parte de los televisores de plasma y celulares, convertidos por el sistema en los principales educadores de las masas. Este maestro nuevo no solo se dedicó a embrutecer a la plebe con sus 'programas de entretenimiento', sino que también enseñó a venerar a los seres celestiales de los 'países civilizados', pintando en la mente de los ignorantes hambrientos la imagen de un 'mundo superior', al que los afortunados elegidos pueden acceder a cambio de un servicio leal y un comportamiento adecuado. La primera condición para obtener un billete al paraíso del mundo colonial es renunciar a la propia identidad, memoria, cultura y por supuesto, dignidad.  

Esa 'carga del hombre blanco', tan codiciada por toda clase de escoria racista, consiste en la distribución de muerte, hambre y guerras para un mundo al que se le ha asignado el papel de campo de pruebas, patio trasero y establo para el servicio. Para los lacayos domesticados que sueñan todavía con la felicidad en un paraíso civilizado, tengo algunas malas noticias. La carga del hombre blanco le resultó ser demasiado pesada. Los colonizadores de Australia no sabían que cualquier colonialismo es siempre un 'boomerang'.

Cualquier deshumanización es un espejo-bomba de acción retardada. Hoy vemos cómo los habitantes de los países 'vencedores', enloquecidos por el sinsentido de su existencia saciada y cansados de los viajes, el sexo, el pan y el circo, siguiendo las órdenes de sus propias élites neoliberales, se han dedicado con entusiasmo a la destrucción de su propia historia y cultura.

"La televisión es un espejo en el que se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural", decía el gran Federico Fellini. Aún no sabía que las redes sociales, que vendrían a sustituir a la televisión, se convertirían para ese sistema en un tiro de gracia. La unión de la tecnología y la psicología ha creado la ilusión mundial de una comunicación libre y planetaria, donde un ser cultural e intelectualmente virgen, que gugleando y 'wikipediando' encuentra respuestas inmediatas a todas sus preguntas vitales y por eso él mismo inmediatamente se convierte en un participante de pleno derecho, autor, votante y representante del poder, y remodela con orgullo el mundo a su imagen y semejanza.

Es evidente que, si pusiéramos la ciencia al servicio de la vida y subordináramos la televisión a los objetivos de la educación, se nos abrirían a cada uno de nosotros posibilidades verdaderamente infinitas. Pero tenemos dos problemas sin resolver: el cambio cualitativo de la conciencia humana y el control social sobre el conocimiento y la información. En el marco del capitalismo neoliberal que impera en la mayor parte de los países del mundo, esto, por definición, no tiene solución alguna.