Tenía que pasar en Bolivia: en el país más americano de las Américas, el más indio, el más atemporal, el más vivo. En tiempos amargos del continente, cuando todo lo conquistado en las últimas décadas con tantos sueños y tanta sangre, al parecer, se estaba desmoronando, haciendo retroceder el tiempo a la oscuridad del pasado. Las personas creyentes explicarían que es porque, en los tiempos cuando Bolivia todavía no se llamaba así, Wiracocha eligió justo las aguas del Titicaca cerca de su isla del Sol para aparecer ante la gente desesperada y perdida, para indicar la dirección a su espíritu. Otros dirían que porque el Che, muchos siglos después, optó por Bolivia en la más desigual e imposible de las contiendas, para morir allí con la mayor de las inmortalidades.
Más allá de los politólogos o turistas que confunden metáforas de "mendigo sentado en una silla de oro" con "la hija predilecta de Bolívar" o "el corazón de América", la tierra boliviana no es "un recurso", ni un "bien inmóvil" ni "un activo económico": es la magia, la poesía y la música, todavía libres de la ordinariez y mezquindad capitalista. Por eso, tenía que pasar en Bolivia.
Es absolutamente normal que los grandes medios de comunicación se nieguen a ver esta rebelión popular que pronto cumplirá un mes. Mientras más ignoran o desinforman sobre lo que pasa hoy en Bolivia, es más significativo este proceso verdadero, que no se deja patentar por nadie. Como en su tiempo los negocios de McDonald's y de Coca-Cola fracasaron en Bolivia, ahora aquí están fracasando los sueños fascistas de Musk y sus amigos, y los de sus competidores de seudoizquierdas que se especializan en abrir paso a las corporaciones.
Seguramente, la prensa mundial quiere hacer con Bolivia lo mismo que se dice hizo la reina de Inglaterra en el siglo XIX: cuenta la leyenda que un presidente boliviano de entonces habría humillado al embajador británico, expulsándolo del país montado en un burro. Entonces la reina Victoria, furiosa, tomó el mapa de Sudamérica, tachó a Bolivia y decretó: "Bolivia no existe". Pero existe, resiste y está venciendo.
El actual presidente boliviano, Rodrigo Paz, en sus seis primeros meses de gobierno, hizo lo posible para acabar con todos los logros sociales de los últimos 20 años de historia boliviana y procedió a detener a los líderes de izquierda que hace poco tuvieron la ingenuidad de haber cedido el poder democráticamente.
También se dictó una orden de captura contra Evo Morales, acusado de "trata de personas agravada", que supone hasta 20 años de cárcel. Esto resulta especialmente irónico proviniendo de un gobierno racista y que entregó el país a socios y amigos de Epstein. Con las detenciones masivas de los líderes de la resistencia popular, los dirigentes de rebelión pasaron a la clandestinidad. Aunque también parecía estar en la clandestinidad el presidente Rodrigo Paz, de quien por varios días no se había sabido nada de su ubicación física, mientras que Evo continuaba dando entrevistas y declaraciones a la prensa. Entonces, ¿cuál es el poder real que manda en Bolivia?
Al parecer, a Trump y a sus aliados les habrá surgido un nuevo y enorme problema, en una parte de lo que siempre consideraron su "patio trasero", en caso de que exista la amenaza de que el ejemplo boliviano se extienda a los países vecinos, como Argentina, Perú, Ecuador y otros, donde los movimientos populares todavía no logran la claridad y contundencia del mundo social boliviano.
Creo que uno de los principales problemas de América Latina es que no se ha percatado del cambio radical que ha experimentado el mundo en las últimas décadas. Hablar hoy de "izquierdas" y "derechas" como hace 40 o 50 años no solo es no comprender el mundo actual, sino también condenar cualquier lucha a una derrota segura.
En estos tiempos ya nadie respetará ninguna norma constitucional o democrática, ni siquiera las más burguesas. La masa de votantes, cada vez más ignorante, está en las firmes manos de las redes sociales y de las pantallas de televisión, las que siempre garantizan el resultado que les encarga el poder. El objetivo de este poder ya no es la explotación de los pueblos como en los tiempos de Marx o Bolívar, sino la reducción de su población y la destrucción de la espiritualidad y cultura humanas. Pero sobre todo deben asegurarse de que nunca comprendamos verdades sencillas como esta.
La América Latina actual es el principal campo de ensayos para los experimentos sobre la futura organización del mundo. En comparación, el famoso laboratorio del neoliberalismo, creado hace algunos tiempos por la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, es un juego de niños.
Lo importante de Bolivia es que este país se convirtió hoy en el principal bastión de las culturas indígenas del continente, menos afectadas por la civilización occidental. Su principal valor sigue siendo el colectivo. Cualquiera que conozca personalmente Bolivia sabe perfectamente que es un territorio donde no rige la lógica occidental de los países vecinos, y que el tejido social y las relaciones allí son diferentes. Así como a un extranjero le resulta difícil describir las particularidades mentales de Rusia, algo similar ocurre con Bolivia. Son mundos que, hasta ahora, quedan fuera de la lógica del sistema, que peina y aplana al mundo bajo su único molde neoliberal. Son los eslabones débiles de la cadena infalible del sistema, que de repente empieza a fallar.
Para que el actual levantamiento popular en Bolivia se convierta en una revolución y salga victorioso, sus líderes y participantes deben comprender que su lucha no es solo contra la oligarquía local y sus patrocinadores estadounidenses, sino contra la maquinaria de muerte global que actúa simultáneamente y en todas partes. El Comando Sur de EE.UU. ya está desplegando sus fuerzas en Bolivia. Tampoco faltarán los mercenarios. Los Gobiernos vecinos de Argentina, Ecuador, Chile y Paraguay, así como los no tan vecinos como Costa Rica, Panamá, El Salvador, República Dominicana, Guayana y Trinidad y Tobago, además del lejano Israel, ya advirtieron a los bolivianos que "no pueden permitir el derrocamiento de dirigentes democráticamente elegidos".
La prensa local, históricamente vinculada con los poderes narcos, ya se dedica a difundir que "el narcotráfico está detrás del intento de golpe de Estado". Los organizadores profesionales y confesos de decenas de golpes de Estado y asesinatos políticos, y el Gobierno boliviano que en solo seis meses en el poder se las ha arreglado para no cumplir ni una sola de sus promesas electorales ni garantizar el cumplimiento de ningún artículo de la Constitución, de repente se han preocupado por la "amenaza a la democracia" y el "riesgo de un golpe de Estado". Sienten que pierden el control. Se prepara una masacre.
El poder global de las corporaciones, después de lo que hicieron en Siria, Gaza, el Líbano, Sudán y el resto, se dispone hoy a bañar en sangre a Bolivia y, si le conviene, a sus vecinos. La única diferencia es que, en este nuevo giro de la historia, el genocidio de los indígenas está planeado al mismo tiempo que el genocidio de la mayor parte de la humanidad. La resistencia y la victoria serán posibles solo si se entiende la realidad y la magnitud de la amenaza.


